458 ¿Por qué nos reímos? Tipos de risa

Episodio 458
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En este episodio:

¿Alguna vez te has reído por educación… o justo cuando no debías? Una risa puede decir mucho más que «esto es gracioso».

En la segunda parte, conoceremos a Juan, un hombre que tarda años en entender los chistes. El problema llega cuando los entiende todos de golpe.

¡Hola! ¿Qué tal? Soy Óscar. Gracias por acompañarme una semana más.

Consigue el texto del episodio en la sección del pódcast en .

Hoy vamos a hablar de algo que todos hacemos. Bueno, casi todos.

Reír.

Pero quiero empezar con una pregunta: ¿todas las risas son iguales?

Imagínate que alguien cuenta un chiste malísimo y tú haces:

—Ja, ja.

Dos segundos. Una sonrisa educada. Y rápidamente cambias de tema.

Eso es una risa, sí. Pero no es exactamente lo mismo que cuando algo te hace tanta gracia que casi no puedes respirar.

Así que hoy quiero fijarme en algunas formas de reír y en lo que pueden comunicar.

Empezamos con una bastante común: la risa falsa.

Seguro que la conoces. Alguien dice algo que pretende ser gracioso. Tú no encuentras la gracia por ninguna parte, pero respondes:

—Ja, ja.

¿Por qué? Porque eres una persona educada. O porque quien ha contado el chiste es tu jefe y quieres conservar tu trabajo.

Una risa falsa no significa necesariamente: “Esto es divertidísimo”. Muchas veces simplemente significa: “Te he escuchado. Todo bien. Seguimos”.

En el otro extremo tenemos la risa franca. Esta no se prepara. Sale sola.

Alguien dice algo inesperado y empiezas a reírte antes incluso de poder evitarlo. Y si la cosa es muy graciosa, puede convertirse en una risotada.

Una risotada es una risa fuerte. Muy fuerte. De esas que hacen que alguien en otra habitación piense:

—¿Qué está pasando ahí?

Me gusta esa diferencia. Una pequeña sonrisa puede ser casi privada. Una risotada, en cambio, la oye todo el edificio.

Pero hay una risa especialmente peligrosa: la risa inoportuna. Esa que aparece exactamente cuando no debería aparecer.

Imagínate una situación muy seria. Todo el mundo está en silencio y, de repente, recuerdas una tontería. Nada extraordinario: una frase, una imagen, un vídeo absurdo que viste hace tres días.

Notas que la risa quiere salir y piensas:

—No. Ahora no.

Grave error.

Porque cuanto más piensas “no te rías”, más ganas tienes de reírte. Intentas mirar al suelo, te muerdes el labio y piensas en algo serio. Impuestos. La declaración de la renta.

Nada funciona.

Y entonces alguien te mira.

Y ya no puedes aguantarte.

También tenemos la risa nerviosa. Aquí ni siquiera tiene que haber algo gracioso. A veces nos reímos porque estamos incómodos o porque no sabemos qué decir.

Por ejemplo, en una entrevista de trabajo:

—¿Cuáles son tus principales defectos?

—Ja, ja… Bueno… sí… mis defectos… tengo una lista aquí…

Esa pequeña risa no quiere decir: “Qué pregunta tan divertida”. Más bien significa: “Dame dos segundos porque no sé qué responder”.

Y hay otra que me gusta especialmente: la risa contagiosa.

Seguro que conoces a alguien así. Empieza a reírse. Tú no sabes de qué, pero su risa te hace gracia y empiezas a reírte también.

Luego otra persona os escucha y también empieza a reírse. Y cinco minutos después hay seis personas riéndose y nadie recuerda muy bien por qué empezó todo.

Eso sí que es eficiencia.

Una sola persona produce seis risas.

Y luego está la risa tonta. Esa que aparece, por ejemplo, cuando estás cansado.

Alguien dice una palabra completamente normal:

—Patata.

Y por algún motivo te hace gracia. Te ríes. La otra persona también. Repites:

—Patata.

Y ahora ya no podéis parar.

¿Es realmente tan graciosa la palabra patata?

No.

¿Importa?

Tampoco.

Lo curioso es que la risa no siempre quiere decir simplemente: “Esto es gracioso”. A veces nos reímos por educación, porque estamos nerviosos o porque alguien empieza a reírse y nos contagia.

Y otras veces… bueno, simplemente porque alguien ha dicho “patata”.

La risa también comunica. Y además tiene una ventaja fantástica para los estudiantes de idiomas: no necesitas saber muchísimo español para entender que alguien se está partiendo de risa.

Eso es bastante internacional.

Por cierto, ¿tú tienes una risa discreta? ¿O eres de esas personas que cuando se ríen hacen que todo el restaurante se entere?

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Mini-historia

Muy bien. Ahora vamos con una mini-historia de preguntas y respuestas. Intenta responder antes que yo, aunque solo digas unas pocas palabras: así practicarás sin traducir mentalmente.

Nuestro protagonista se llama Juan y tiene un pequeño problema: nunca entiende los chistes.

Hasta que un día ocurre algo bastante preocupante.

Empecemos.

Juan nunca entendía los chistes, así que casi nunca se reía.

¿Entendía Juan los chistes?

No. Juan no entendía los chistes.

Entonces, ¿se reía mucho?

No, casi nunca se reía.

¿Quién no entendía los chistes?

Juan. Juan no los entendía.

¿Por qué casi nunca se reía?

Porque no entendía los chistes. Juan casi nunca se reía porque no los entendía.

Cuando los demás se reían, Juan pensaba y pensaba, pero seguía sin entender nada.

¿Qué hacían los demás?

Se reían. Los demás se reían.

¿Y qué hacía Juan cuando los demás se reían?

Pensaba y pensaba. Juan pensaba mucho.

¿Entendía finalmente los chistes?

No, seguía sin entenderlos. Él seguía sin entender nada.

¿Cuándo pensaba Juan mucho?

Cuando los demás se reían. Cuando eso sucedía, Juan pensaba mucho.

Pasaron los días, los meses y los años, y Juan continuó muy serio porque no entendía los chistes.

¿Pasaron solamente unos minutos?

No, no pasaron solamente unos minutos. Mucho más tiempo: días, meses y años.

¿Cómo continuó Juan durante todo ese tiempo? ¿Muy serio o riéndose todo el tiempo?

Muy serio. Juan continuó muy serio. No continuó riéndose todo el tiempo.

¿Continuó así unos días o durante años?

Durante años. Juan continuó así durante años.

Después de todo ese tiempo, ¿seguía sin entender los chistes?

Sí. Después de todos esos años, Juan seguía sin entenderlos.

Un día, mientras estaba de vacaciones, Juan recordó un viejo chiste y de repente lo entendió.

¿Estaba Juan trabajando?

No, no estaba trabajando. Estaba de vacaciones, y recordó un viejo chiste.

¿Qué recordó mientras estaba de vacaciones?

Un viejo chiste. Juan recordó un viejo chiste.

¿Lo entendió poco a poco?

No, no. No lo entendió poco a poco. Lo entendió de repente, en un instante.

¿Qué entendió de repente?

El viejo chiste. Después de tantos años, Juan finalmente entendió aquel chiste.

Entonces Juan recordó otro chiste. Y otro. Y otro más. De repente, empezó a entenderlos todos.

¿Recordó solamente un chiste?

No, no recordó solamente uno. Recordó varios.

¿Recordó dos o siguió recordando más?

Siguió recordando más. Otro, y otro, y otro más. Y los entendió.

¿Empezó también a entender esos chistes?

Sí. Empezó a entenderlos todos.

¿Los entendió poco a poco o de repente?

De repente. De repente empezó a entenderlos todos.

Juan empezó a reírse de tantos chistes antiguos que estuvo tres días sin poder parar.

¿Empezó Juan a llorar?

No, no empezó a llorar. Empezó a reírse.

¿Empezó a reírse de chistes nuevos o de chistes antiguos?

De chistes antiguos. Empezó a reírse de chistes antiguos que no había entendido hasta entonces.

Entonces… ¿de qué se reía?

De chistes antiguos. Es decir, se reía de chistes que había escuchado, pero que no había entendido.

¿Cuánto tiempo estuvo riéndose?

Tres días. Juan estuvo riéndose durante tres días.

¿Podía parar de reírse?

No, no podía. Estuvo tres días sin poder parar.

Al tercer día, Juan ya no recordaba por qué se estaba riendo.

¿Seguía Juan recordando por qué se estaba riendo?

No. Ya no lo seguía recordando. Juan ya no seguía recordando por qué se estaba riendo.

¿Desde cuándo llevaba riéndose? ¿Desde hacía dos días?

No, desde hacía dos días no. Desde hacía tres días. Juan llevaba tres días riéndose.

Entonces, después de tres días, ¿recordaba todavía por qué se reía?

No. Después de tres días, ya no recordaba por qué se reía.

Juan no tenía término medio: había pasado de no reírse nunca a no poder parar.

¿Tenía Juan término medio?

No. No lo tenía. Juan no tenía término medio.

¿Antes se reía mucho?

No, casi nunca lo hacía. Casi nunca se reía.

¿Y ahora podía parar de reírse?

No, ya no podía parar.

Entonces, ¿había pasado de no reírse nunca a no poder parar?

Sí. Había pasado de no reírse nunca a no poder parar.

Muy bien. Este es el final de la mini-historia.

Pobre Juan.

Pasó años sin entender los chistes y, cuando finalmente empezó a entenderlos, recuperó todas las risas atrasadas de golpe.

Tres días.

Creo que habría sido mejor repartirlas un poco.

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Nada más por hoy.

Y recuerda: si hoy te ríes sin saber exactamente por qué… no pasa nada.

Quizá simplemente estás recuperando alguna risa atrasada.

¡Cuídate y hasta la próxima!

Óscar Pellus

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