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En este episodio:
- Te cuento la increíble historia de unos soldados españoles que resistieron 337 días en Filipinas… y siguieron luchando cuando la guerra ya había terminado.
- Después, practicaremos con un punto de vista y conocerás a Ventura, un soldado con un secreto bastante sospechoso.
¡Hola! ¿Cómo estás? Soy Óscar. Gracias por acompañarme una semana más.
Consigue el texto del episodio en la sección del pódcast en unlimitedspanish.com.
Imagínate esta situación.
Llevas meses encerrado en una iglesia. Hay soldados enemigos fuera. Apenas tienes comida. Muchos de tus compañeros están enfermos.
Y un día te dicen:
—La guerra ha terminado. Podéis salir.
Pero tú respondes:
—Sí, claro. Seguro. No me lo creo.
Te enseñan periódicos. Te envían cartas. Incluso vienen militares españoles para confirmarlo.
Y tú sigues pensando que todo es una trampa.
Parece el argumento de una película, pero ocurrió de verdad. Es la historia de los llamados Los últimos de Filipinas.
Estamos en Baler, un pequeño pueblo de la isla de Luzón, en Filipinas. A finales del siglo XIX, Filipinas estaba bajo control español, pero la situación era cada vez más complicada. Había una revolución independentista filipina y, además, en 1898 España entró en guerra con Estados Unidos.
En medio de todo aquello, algo más de cincuenta militares españoles se refugiaron en la iglesia de Baler. Fuera estaban las fuerzas filipinas que luchaban por la independencia.
Los españoles pensaban que recibirían ayuda.
Pero la ayuda no llegó.
Pasaron los días. Después, las semanas. Después, los meses.
Y las condiciones dentro de la iglesia fueron empeorando. Había poca comida, faltaban medicinas y aparecieron enfermedades. Imagínate vivir así una semana. Ahora imagínate casi once meses.
Porque el sitio duró nada menos que 337 días.
Mientras tanto, fuera de Baler el mundo había cambiado completamente. En diciembre de 1898 España y Estados Unidos firmaron el Tratado de París, y España cedió Filipinas a Estados Unidos.
Es decir, desde el punto de vista español, aquella guerra ya había terminado.
Pero en Baler seguían resistiendo.
Desde fuera intentaban convencerlos. Les hacían llegar noticias, cartas y periódicos. También enviaron emisarios españoles.
¿Y qué pensaban los hombres de Baler?
Que todo era falso.
Y, bueno, puedo entender cierta desconfianza. Si el enemigo te entrega un periódico que dice: “Tranquilo, ya puedes salir”, quizás no sea el periódico que lees con más confianza del mundo.
Pero llegó un momento decisivo.
El teniente Saturnino Martín Cerezo, que estaba al mando, volvió a revisar uno de los periódicos que habían recibido. Y encontró una noticia aparentemente sin importancia: hablaba del nuevo destino militar de un oficial al que él conocía.
Martín Cerezo pensó: un momento… esto no pueden habérselo inventado.
Y entonces lo comprendió.
La guerra realmente había terminado.
El 2 de junio de 1899, después de 337 días, los españoles negociaron su salida de la iglesia. Salieron 33 militares supervivientes.
Y aquí hay un detalle que me gusta especialmente. Las autoridades filipinas reconocieron su resistencia. El presidente Emilio Aguinaldo ordenó que no fueran tratados como prisioneros, sino como amigos, y pudieron regresar a España.
Cuando llegaron, muchos los recibieron como héroes.
Y es fácil entender por qué. Habían resistido en unas condiciones terribles.
Pero la historia también tiene algo profundamente irónico. Durante meses lucharon convencidos de que estaban defendiendo una posición española… cuando España ya había perdido el control de Filipinas.
Por eso esta historia me parece tan interesante. Puedes verla como una historia de valor y resistencia. También como una historia de obstinación, aislamiento y mala comunicación.
Y quizás sea todas esas cosas a la vez.
Solo imagínatelo: todo el mundo diciéndote que la guerra ha terminado…
Y tú:
—No. Seguro que es una trampa.
Durante meses.
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Ahora vamos a practicar con un punto de vista.
La historia que escucharás a continuación es inventada, aunque está inspirada en el sitio de Baler. Y, por suerte para Ventura, es bastante menos dramática.
Primero, en pasado.
En la iglesia de Baler, un grupo de soldados españoles seguía resistiendo. Estaban convencidos de que la guerra todavía no había terminado. Llevaban muchos meses comiendo casi nada: un poco de sopa hecha con hierba y, si había suerte, una lagartija bien cocinada.
Todos estaban muy delgados… menos uno: el cabo Ventura. Mientras los demás parecían esqueletos con bigote, Ventura seguía bastante gordo.
El sargento solía decir que probablemente Ventura tenía un metabolismo muy lento. Mientras tanto, él mismo miraba una lata vacía como si fuera un banquete.
Pero la realidad era diferente.
Cada noche, Ventura salía a escondidas y entraba en el pueblo. Allí lo esperaba Doña Rosalía, una viuda filipina que le preparaba arroz, carne y flan casero.
Una noche, el sargento siguió a Ventura y descubrió su secreto. Ventura confesó lo que había estado haciendo.
El sargento quería castigarlo.
Había un pequeño problema: todos estaban demasiado débiles incluso para eso.
Así que cambiaron de plan.
En vez de castigar a Ventura, decidieron acompañarlo esa misma noche. Y terminaron todos cenando en casa de Doña Rosalía.
Cuando finalmente llegó el momento de rendirse de forma oficial, ninguno de los soldados quería marcharse.
La única que deseaba que se fueran era Rosalía.
Estaba cansada de cocinar para tantos españoles hambrientos.
Muy bien. Esta ha sido la historia en pasado.
Ahora voy a contarte prácticamente lo mismo, pero en presente y desde el punto de vista de Ventura. Fíjate especialmente en los verbos.
En la iglesia de Baler, mis compañeros y yo seguimos resistiendo. Estamos convencidos de que la guerra todavía no ha terminado. Llevamos muchos meses comiendo casi nada: un poco de sopa hecha con hierba y, si hay suerte, una lagartija bien cocinada.
Todos están muy delgados… menos yo. Mientras los demás parecen esqueletos con bigote, yo sigo bastante gordo.
El sargento suele decir que probablemente tengo un metabolismo muy lento. Mientras tanto, él mismo mira una lata vacía como si fuera un banquete.
Pero la realidad es diferente.
Cada noche, salgo a escondidas y entro en el pueblo. Allí me espera Doña Rosalía, una viuda filipina que me prepara arroz, carne y flan casero.
Una noche, el sargento me sigue y descubre mi secreto. Confieso lo que he estado haciendo.
El sargento quiere castigarme.
Hay un pequeño problema: todos están demasiado débiles incluso para eso.
Así que cambian de plan.
En vez de castigarme, deciden acompañarme esa misma noche. Y terminamos todos cenando en casa de Doña Rosalía.
Cuando finalmente llega el momento de rendirnos de forma oficial, ninguno de los soldados quiere marcharse.
La única que desea que nos vayamos es Rosalía.
Está cansada de cocinar para tantos españoles hambrientos.
Muy bien. Este es el final del punto de vista.
Al final, Ventura consiguió convertir un asedio militar en una cena de grupo. Aunque, pensándolo bien, creo que la auténtica heroína de esta historia es Rosalía. Yo también pediría que los soldados se fueran.
Por cierto, fíjate en algunos cambios:
seguía → seguimos
estaban → estamos
Ventura salía → salgo
quería → quiero
Con estos contrastes puedes notar los cambios de tiempo y de persona directamente en contexto.
Si quieres seguir practicando conmigo con historias y puntos de vista como este, encontrarás mis cursos completos en unlimitedspanish.com.
Nada más por hoy. Gracias por escucharme y… ¡hasta la próxima!
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